miércoles, 12 de diciembre de 2018

La felicidá




¿Qué es la felicidad?
La felicidad... Y... es un felino
¿Un felino?
Y si... La felicidad es un felino, un gran felino, un felino realmente felino. Uno que se relame, se retuerce y está al acecho. Con varias vidas... varias instancias.
¿Un gato?
Si, más o menos, un felino que viene y te mira, te busca, y vos lo tocas y ronronea y te entibia el cuerpo y lo miras, lo acaricias, lo sentís, hasta que salta y se va. Huye de un salto.
¿La felicidad huye de un salto?
Si, como un felino.

...

(2003)

martes, 11 de diciembre de 2018

En una calle x




Sí me duermo primavera una noche
de hasta mañana que descanse,
toda una estrella el cielo,
sentirse desprotegida es un desperdicio,
tal vez una armonía.

La gata tiene los ojos como dos submarinos
y yo el cuerpo tenso
A Perlo le duele la cabeza y quiere vomitar,
así es acá,
en toda una estrella noche de primavera
en este monte del litoral,
circunferencia de grillos y de ranas,
mosquitos molestando a los vivos
de eso se trata
buey
de andar.

Ahí paró la heladera y entró la calma,
ahora la casa está en silencio
al quedar las ventanas cerradas
-para que no entren los mosquitos-
la burbuja se completa
me atrapa
Afuera empezó a correr un viento fresco
que lleva y trae olores,
pasan motos,
niños ríen

Le estoy preparando a Perlo un té de Incayuyo
para que vomite o haga algo,
se sienta mejor

La gata le hace compañía,
parece una nube de pelos.

Hoy  trasplanté la albahaca y una plantita que me regaló Don Miguel

Perlo acaba de vomitar toda la verdurita,
hoy vomitaron dos: él y su amigo Juan

Ahora hay olor a vómito,
bueno,
hasta mañana.


¿La lluvia que cae, aprieta los pazos?

¿Acaso no dije en esta tarde que el amor es un sólido espejo?

Por más que piquen y repiquen los mosquitos
no advierten el cuadro:
Una mujer, en su soledad, escribe
inspirada por el dolor y el miedo ¡oh!”
Si chupan mi sangre
¿acaso no deberían entender rápidamente que no estoy para ellos, que perturban la obra?
Voy a por el off.

El problema
es que por más que todas las ventanas estén cerradas,
así como las puertas,
ellos igual aparecen,
no hay espiral que los inste a irse
Es una la que termina intoxicada.

Ahora no quiero cerrar mi ventana,
entra una serenata de ranas
y violines montaraces.

Vivo en un lugar fértil,
la belleza brota del color verde
del color uva
Desciende de las texturas.

Y yo acá, como una tosca,
sin entender por qué no cesa mi cuerpo de llamar la atención,
tal vez entiendo,
pero es duro.

Los mosquitos ejercitan ahora su visión en la oscuridad,
se hizo de noche.
El off tiene un perfume muy dulce,
enciendo el ventilador para ver si planean hacia otros vértices.

La gata duerme en el taller.

La albahaca,  el morrón y las chauchas mojarritas están creciendo,
la otra plantita va más lento.
Mañana, si todo da cierto, vamos a empezar la huerta.

Perlo se fue en bicicleta,
no sé cuándo va a volver,
estoy intentando no pensar en eso,
y me sale bastante mal.    


(2009)

jueves, 11 de octubre de 2018

Una cuadra, una hora, una niña


Son las cinco y veinte de la tarde. Es invierno.
La cuadra va saltando de vereda en vereda,
al fondo, delgada línea,  una nena de pelo lacio viene corriendo,
su cuerpo se recorta en destellos,
es diminuta bajo los árboles e inmensa en la voladura de su niñez.
Salen,  atravesando la puerta de un pasillo,  dos perros salchichas con la lengua afuera y el cuerpo zangoloteado, corren, la nena los persigue a los saltos y una sonrisa que va de norte a sur.
Juegan los tres, en círculos, continuándose, como ciclos constelatorios.
Allí el sol se absorbe en el horizonte,  justo al fin de esta cuadra, al fin de esta calle, al fin,
todo se ve a contraluz,
a contra sol
y los límites son claros.
Los coterráneos árboles, los carteles del almacén y de la gomería, la niña y los perros salchichas,  los gritos de un gurí jugando a lo lejos, las señoras que conversan, el joven que sale de la escuela; todos a contraluz, delimitados y únicos, absorbidos  en  el ámbar del fondo.
Autos, motos, camionetas, bicicletas,
van rayando el asfalto sin dejar aparentes huellas,
creando la banda sonora.
Las personas que vienen caminando hacia allí, digamos, las que nacen con el día o van muriendo ya, del este hacia el oeste, deben taparse los ojos para poder ver,  hacerse visera con la mano. Y lo hacen.
Ruge el motor de una camioneta vieja que se enciende.
Dos señoras vienen  conversando, con sus carteras al hombro, haciendo frotar sus breves tacos contra las baldosas. Hay algo en ese conversar que también se frota, como si a cada palabra sus cuerpos se restregaran, con enorme placer, contra la pared o sobre el ruido de la camioneta.
 ¿De qué hablan? Dicen algo de mil pesos que le había costado no sé qué, una cosa que compro en no sé dónde, dicen eso, pero sus cuerpos hablan de otra cosa, de algo más del sentir, del placer de frotarse, de venir del sol e ir hacia el ocaso, apuradas pero con un bien bajo el brazo.
 Siguen ladrando unos perros a lo lejos, ya no son los salchichas. Y el rugir continúa, obstinado.

Esta cuadra, donde a lo lejos se ve que la tierra es redonda y gira, donde las personas dicen pero no hablan claro de lo que es por dentro, donde los ruidos pasan en un desfiladero constante y paralelo, y algunos acompañan y cada cosa se deja tocar por el mismo hilo de sol que dejaremos atrás todos por igual, más antes o más después; esta cuadra, pienso, es también, y por un rato, el pasaje que me deja llegar a mi niña y verla jugar y distraerse…
La niña ya no está a la vista, entró a su casa, supongo. Y entonces, yo vuelvo a la mía, que está más, un poco más lejos, y el cielo ahora se puso verde y la primer estrella.

Y entonces yo cuento: una cuadra, una hora, una niña.





martes, 2 de octubre de 2018

Escribías naranjas


Juntabas naranjas en una cesta,
atardecías
y el horizonte se superponía de cielo, nubes, vegetación, cables y otra vez, cielo, nubes, vegetación, cables y otra vez…
Escribías para rodearte de belleza, decías
y para que gusten de vos.

Escribías para repetirte, sabías
y también, para repartir.
Y para saber.

Era la estrella, desde la ventana, la que todo leía.          

Te gustaba sentirte parte,
retener el dicho que sube a la cabeza
¿de dónde sube?
más bien baja,
retener el dicho que baja de la cabeza
¿adónde baja?
retener el dicho.

La acción de juntar naranjas en una cesta endemientras atardece,
como quien encuentra la primera estrella
y alguna respuesta.

Escribías…



cáscaras. poesía en obra.


El 14 de septiembre presentamos "Cáscaras. Poesía en Obra", en la Casa de la Cultura de la ciudad de Paraná. De esa noche nos queda la experiencia en el cuerpo, la gratitud, las miradas e intensidades y esta carta de nuestro querido Kevin Jones.
Querida Fer. Te escribo desde casa, en el anochecer de este día de belleza rara. Mientras la pava hierve unos mates a destiempo. Nosotras somos un poco mujeres a destiempo.
Vos ayer abriste, públicamente, la posibilidad de comenzar una conversación, un diálogo, sobre una puesta en escena, sobre una serie de poemas, sobre unas danzas, sobre un modo de gestionar cultura. Es que son tantas las densidades de la conversación a la que ayer nos invitabas, que me abismo en vértigo de sólo pensarlo. Por eso mi apuro en escribir estas líneas. Las redacto también yo, a mi modo, públicamente.
¿Todos los seres humanos de todos los tiempos pasados habrán sentido también esta necesidad inmensa, dolorosa, apabullante, de comunicar que nosotras sentimos? ¿O será nuestra marca de época? ¿De dónde nos viene, dónde empieza? Porque nuestra no, no es. Es decir, no alcanzamos nosotras por nosotras solas (como quien tímidamente dice "yo") a hacernos cargo de esa necesidad. A enunciarla.
Y por eso, de tanto andar jugando en los bordes, nos pasaron tantas de esas cosas que sabemos nos pasaron en ésta vida. Y también nos pasó la poesía, la escritura. La búsqueda de una, como sostenía la Vallejos, "ferviente comunicación". Yo me siento cada vez más cerca de esa idea. Mis poemas de este invierno se inclinan a ser tales en la medida que comuniquen un carozo, dan a ver algo de la propia experiencia que no, no se acaba en uno mismo. Que tiene que salir de uno y convertirse en otra cosa. Creo que a eso se refería Beatriz en esa entrevista al señalar aquello de la ferviente comunicación, y también su hipótesis, su idea. La poesía es mi aproximación a la realidad. Creo que no hemos alcanzando a visualizar las implicancias de esa hipótesis.
Quería con esto decir que me parece que en Cáscaras hubo un dar a leer de ciertos desplazamientos de la voz poética en nuestra ciudad. Hablo de un volverse-marca de esos movimientos, de esos pequeños gestos con los que muchos fuimos calibrando nuestra voz en la comunidad, y nos fuimos corriendo más al costadito, al otro lado, para atrás, para adelante, lejitos del centro, así, así, así. Es decir, movimientos reales, contundentes aunque pequeños, aunque en apariencia imperceptibles. Pero movimientos conscientes, de guardar nuestra voz, de ensayarla, de construir algo en torno suyo. Allí hay verdadera necesidad de comunicar, ferviente necesidad de comunicar.
Quisiera ser claro sobre este aspecto, puesto que es una de las líneas que más saco en limpio de mirar Cáscaras. Hay un corrimiento de la voz ligada al inventario intimista, el relato del yo sufridito o superadito, enamoradito o trágico, para hablar desde otro lugar. Para hablar desde un yo que se enuncia comunitariamente.
Con la puesta en escena de Cáscaras volviste a tu poesía una "poesía comunitaria". Te desplazaste del lugar de autora, y permitiste que otras ocupen las palabras para imprimir sobre ellas otras corporalidades, otras danzas, otros tonos incluso. Las palabras seguían siendo las mismas, pero se habían transmitido.
Fíjate qué importante que podamos pensar que hubo transmisión. Me imagino los ensayos, las conversaciones, las discusiones, las búsquedas de tonos, de modos de apropiación. Esa historia previa se leyó en Cáscaras. Y de ahora en más, en la letra del poema también.
La puesta en escena establece así una política de lectura de tu poética que de ahora en más no podremos dejar de atender a la hora de oír tu voz. Eso es un montón. Es el montón que ustedes trabajaron y acarrearon.
Luego de que ciertos relatos del yo hayan hecho tanto daño a la enunciación poética, el círculo gestante de Cáscaras da cuenta de que nos desplazamos en este tiempo. Que no dejamos un lugar vacante, sino más bien nos entramos adentro a pensar un poquito antes de salir al patio. Cuánto bien nos haría que finalmente algo de todo aquello se oiga en otros ámbitos de nuestra comunidad, y que allí se inicien otros pliegues.
Tus poemas de ahora en más admiten un plural dentro suyo, en el que me reconozco. Y ese plural nos promete una comunidad. Pienso en los poemas de Joaquín, en los libros de Marisa. Pienso en colecciones de lecturas que nos permitan volver a encontrarnos con la idea de comunidad. Allí, en esa serie, ubico a Cáscaras, enterito, libro, poemas de blog, puesta en escena y lo que venga de ahora en más.
Vos decías que a veces las palabras sí alcanzan. Me parece un proyecto estético enorme e intenso. Creo también que es el que nos corresponde. Hacer que las palabras alcancen.
En ese juego, una estaría tentada a pensar que se agregaron imágenes, danzas, performances, sonidos a la letra del poema para "decir más". Pero no, no fue así. Estuvieron allí para que pudiéramos oír mejor, que no es lo mismo.
Te quiere, y te lee pronto,
Kevin.
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en Tala y Misiones, a los quince días de septiembre

viernes, 17 de agosto de 2018

un tejido



Hay un tejido que me incluye,
lo sentí no de un día para el otro,
fue cuando casi fui supiendo que soy un todo,
una toda con tus partes,
las mías y las de aquel y las de eso otro y aquello también.
Sí,
hay un tejido que nos incluye,
pero es cierto eso que se dice, de que se ha ido deteriorando,
se  desgarró, lo sé
Algún punto por ahí se destejió,
¡saltó! como decía mi abuela
y se hizo un agujero.
Ahora, el agujero está ahí, no cabe duda,
y con sus hilos sueltos se empezaron a formar nudos.
La red llena de nudo y aujero
¿qué vamos a hacer con esto?
Alguno me dice: “al agujero hay que agrandarlo, meterse adentro y destrozarlo”
Otros, que “mejor lo reparamos, lo volvemos a tejer buscando las puntas”
O, “dejemos los nudos que se reanuden y  convivamos con ellos”
“¡el tejido ya pasó de boda!” gritan otros
Y todo más o menos así.

No sé,
¿qué haremos con esa gran red, verde, violeta, negra, roja, azul?
Agujerada, enredada, endurecida y un poco sucia de tanto manoseo.

El ancho y vasto tejido se extiende hacia los lados,
es un gran, gran, gran manto
singular, fuerte y delicado.
Claro, está tejido con fibras cósmicas
en una música Interestelar.
Nudo y aujero, porai, llegan a debilitarlo,
crearle puntos de fuga, dispersiones
pero su potencia es mayor, por su armonía.

¿Qué es la armonía para la música?
Es cuando dos o más sonidos se juntan formando un acorde,
acordar en portugués quiere decir despertar
¡eu acordei!
Eso es para mí este tejido:
una gran red de puntos despiertos  que, de acuerdo o no de acuerdo, crean un todo armónico en la música de las estrellas.





miércoles, 8 de agosto de 2018

Invisible




Invisible
es el hilo que se va moviendo, fino bien fino es.
Unas valentías
las que se atan con trenzas.
Para qué valentías,
subterfugios,
palabrejas,
amuletos.
Una relación anzuelo,
relación cepo,
relación muralla.
Una relación con la palabra.
La masa mala
mi mamá, ama saber, no va a misa
amasa, la masa madre en mesas de madera sencilla.
Pero sana sana,
más sana sana para las masas.
Y entre tanto el poder, los colores, las tribus, la tele.
Mal saber o mal decir.
Invisible es la trama.
La coherencia
no tiene nudos,
tiene lazos.

sábado, 30 de junio de 2018

Ampárame




















Ampárame en tu ventana,
en el marco.
Sube el costado
llega al tope dobla deslízate
llega al tope deslízate baja
llega a la base recórrela
y vuelve a empezar.

Ahí quiero quedarme,
en el marco de tu ventana.

Ampárame

No quiero volver a entrar,
yo ya estoy del otro lado y no voy a volver a entrar,
ya salí de ahí.

Sólo ampárame en el borde,
déjame ser ahí, en el jardín, junto a tu ventana.
                                                                      
Quédate como un guardián, observando.
                                                                                             
Convéncete,
ya  lo haz dado todo.


miércoles, 9 de mayo de 2018

He venido

¡Llegué!

Me habían atrapado, hace horas que estoy corriendo
pero llegué, acá estoy.

Traigo el alma preñada por cuerpos que le han ido pasando,
pero no siempre estoy en el cuerpo,
no siempre le han ido pasando.

Hace horas que no paro de correr,
me resbalo y sigo,
a dónde estoy yendo.

Llegué,
a este lugar lo conozco, no me pertenece.
Llegué,
no esperan de mí, no saben
pero llegué.

Necesito escurrir la angustia como se escurre un saquito de té,
un saquito de té,
beber de a sorbos  el aire espeso de las horas tristes,
de las horas tristes,
de las horas tristes.

Y después empezar a decir: 
serán, primero, balbuceos,
lengua de niños,
de niña que quiere salir corriendo, pero no de jugandito.

Empezaré a decir:

Tengo un cuerpo de carnes, de huesos, de tejidos,
estos cuerpos me duelen, los llevo adheridos y me duelen,
no puedo abandonarlos, soy en ellos,
les debo mi cuidado.

Quiero decirlo:
me duele, me molesta, me arde, me punza, es un dolor desarrollado,
no un dolor cualquiera,
quiero decirlo,
la fibra herida, el hollejo agonizante.

Por ahí veo las pistas,
sobrios señuelos que se abren paso entre la neblina del camino.

A veces me siento como de cien años,
una pieza antiquísima pero inacabada.
El paso del tiempo me con-mueve,
me azora la imperfección
(azorar, que linda palabra, suena mejor que decir que el paso del tiempo vuela tras las aves, sobresalta y enciende)
las palabras… ¡ay las palabras!
despertando singulares microcosmos internos.

Vine a decir, no cabe duda,
¿Pero qué vine a decir?
Pues esto, el cuerpo de la poesía: sensibilidad de piel, dientes, caderas, palabras...
Para qué ¿para azorar?

La lengua floja que se expande hacia los costados, inunda la boca,
la lengua llena toda la boca,
pero también la lengua se pone dura cuando escribo.

Parece que con la boca comemos al mundo,
lo tragamos,
también por eso quiero decir, por  hambre.

Llegué.
Soy un alma vieja en un cuerpo herido, con hambre.

Algunos no creen en la oración,
yo sí creo.
He venido a decir



                                                                           (Ph: Julian Villarraza)





sábado, 13 de enero de 2018

Yanomora




Mora en una casa viva, es sua namorada. Los colores se le paran enfrente y le dicen: ¡ey! acá estamos.
Se va moviendo la casa, baila el salpicar de los pájaros y el reguetón del barrio, baila la música del que vende huevos y el pregón del verdulero.

La casa  está incompleta, siempre en obstinada construcción. Las primeras paredes son capas frías. Las que vinieron después, calientes.

En el piso está la boca vieja que quiere empezar hablar, va perdiendo los dientes, no se le entiende lo que dice.
Se come las cucarachas, se come los piojos. Hasta los granos de arroz se come.

La casa tiene ventanas a la altura de los ojos, en ese horizonte y ventanas que miran el cielo. Fueron puestas a puro abrir agujeros en la pared.
Algunas están cerradas por siempre y algotras nunca lo hacen del todo. Una hendija permite entrar los olores, salir al gato, entrar el chijete, salir pelusas y  suspiros mezclados con oraciones.
Las puertas fueron cambiando de lugar y tampoco traban, solo aparentan cerrar.

Donde hubo cemento ahora hay barro y cal, sobre el barro palos y escombros y sobre el escombro, pasto. Una parte del techo está lleno de tierra, yuyos e insectos, el otro está cubierto por una lona negra que quiere que no entre el agua por las tejas. Cuando llueve chorrea por los pilotes llenando ollas y tupers, repartidas por la casa como islas invertidas.

La casa viva guarda en sus capas de ladrillo, pintura y cal, palabras escritas como tatuajes ocultos que serán leídos en otra vida, criptogramas trashumantes descifrados con los ciclos.

 Viva y silenciosa, la casa, fue asistiendo a la muerte de sus dueños, en el comedor los velaba, a donde va la mesa. Perros flacos husmeaban el cajón y rascaban los bordes rotos de las baldosas rojas del piso. Había algunas flores pequeñas, algún tabaco encendido y vasos con vino olvidados por ahí. El ocaso esperaba en la puerta para llevarse los restos del día.

Y después, en un suceder que será de otro tiempo - y no de este de los funerales - en una de esas prodigiosas noches de noviembre, la casa refugió el nacer de un niño. El aire olía a mamones, floripondios y el pulposo verdor del monte respiraba aquel nuevo aliento virgen del recién llegado. Dicen que ese día, desde las estrellas, cayeron enlazadas dulces bendiciones de leche.

En la casa que mora hay un jardín. Hay varios jardines, los que se ven y los que no. De los que  se ven, están los silvestres, con sus plantas sobrevivientes, áridas, que no precisan agua, ni palabras casi precisan, de un color apenas variable entre el verde oscuro al marrón claro. Y los que se entretejen por debajo, queriendo rebrotar, chupando hasta la última gota del mineral de la tierra. Hormigas y coleópteros rempujando el yuyaral; babosas que van dejando su camino plateado, cartografías de las estrellas. Los otros, son los jardines que se imagina ideales, de suculentas flores y helechos regados, entramados complejos de texturas, cultivados rocíos y savia fresca.
Frutales, gallinero y huerta, habitan en un pasado presente entrelíneas.

                                      ***

Un día de este principio, o de aquel final –quién sabe- a la casa viva se le dio por comerse sus cosechas, sin volver a sembrar. A sus gallinas las cazaron las comadrejas y los perros quedaron hambreados. El gallo murió hediendo de bichos que le hervían en la piel del ala descarnada.
Los cimientos se movieron, como hueso fracturado y la estructura se partió al medio

La casa engulló casi que toditos sus sueños, sin respirar.
No quisieron cohabitarla más, ni copularla, tampoco se acercaron a libarla o  tan siquiera demolerla.
Se quedó vacía la casa. Autofagocitada

Yanomora ninamora, yanomora ninamora, yanomora ninamora.

La tierra la fue cubriendo suavemente. Digamos, absorbiendo.
Hoy día, sí pasas por ahí, ves una pequeña lomada, con algunos árboles, plantas ásperas y piedras al sol.
Capaz alguna mariposa blanca que revolotea. Y después se va.