lunes, 29 de diciembre de 2014

DISGREGACION CONVERGENTE



Uno... dos... tres... cuatro... cinco... seis...
no, no.

...Me preguntaba cuál sería la palabra,
la que enmarque esa sensación,
ese  frotar los dientes, 
y el desfasaje del tiempo,
ese llorar de a poquito,
estentóreo ruido de espanto.

Buscaba la palabra que contuviese,
que explicase la recurrente reticencia a ciertas otras palabras,
a sonidos que enhebran olores,
a  voces, sus ecos y huecos.

Y vapulea, jamas ingenuo, cierzo  consternado,
porque nadie irrumpe aquí  y dice,
nadie lo dice,  temen el escollo.

El planteo, sin embargo, es sencillo,
tanto como pervive:
  
¿Se puede morir atado a un amor?
¿Y todo ese amor que ata? 
¿Qué es? ¿Cuál su nudo? ¿Dónde su madeja?

¿Alguien construye tijeras semejantes?
¿Alguien se abisma a tan drástico proyecto?

No encuentro tales formas,
como tampoco se contar más de seis
para no salir corriendo,
y escuchar, 
al menos hoy
que hace tanto frío y tan hermosos se verían sus ojos
bajo esta luz algo amarilla que recorre hojas ilegibles
a partir de su ausencia.

Y por partir de ella,
mil veces mi alma,
se traspone mácula,
tosigosa pasa de uva
y no ya racimos ebrios.

Y entonces sí, se puede morir atado a un  amor,
como se muere siempre que uno este atado,
como morimos siempre,
como morir.

Como entender que sólo son gestos,
instantes cualesquiera,
en los que  nos  representamos, 
con perturbadora e implacable capacidad,
la que induce a atar, 
constreñir, 
y simular, 
que no hay más esperas,
que éstas anegaron en piélagos exhaustos,
que ya no se espera el nombre,
ni se piensa el rostro, 
ni tampoco se juega...
SUBTERFUGIOS,
esa era la palabra.

Siete...

(2001)

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