miércoles, 31 de enero de 2018

Una pollera


De una soga cuelga una pollera roja, le caen gotas que riegan la tierra, el viento la lleva y la trae. No es sólo eso.
Un niño salta del cordón a la vereda, va entrecortado junto a su mamá y por ahí lo tumba la pollera. Pasa una chica arriba de una bicicleta, frena en la esquina porque cruzan del brazo una mujer muy alta con una anciana y un perro salchicha. Dos chicas se besan dentro de un auto que espera con el semáforo rojo, debajo del cielo gris, sobre un árbol verde, y en el balcón cuelga del tender una pollera violeta, bombachas, medias impares y un delantal verde.
Es árbol y es pollera moviéndose con el viento del tránsito cuando cambia el semáforo.
Una mano sube, se mete y aprieta los muslos, los meten para adentro levantando la falda contra la pared. La lengua se escurre debajo de la pollera, es la siesta.
Es el año 1902, un barco se aleja en el mar – mar que viene de un río de pardos atardeceres- y una mujer desde la proa ve desdibujarse en la orilla la silueta de un joven que la mira casi sin parpadear, se cubre para que no la vean, su pollera le danza la grieta que se abre.
Es una pollera enrollada sobre las rodillas que amarran un balde lleno de agua y jabón; las burbujas, al sol, parecen espejos diminutos donde se refleja el color. Y las manos rojas hundiéndose en el balde, restregando prendas ajenas, más tarde las propias. Las mismas manos húmedas, rascan las rodillas porque pican por el sol y por el tiempo que ha pasado. Y ahora acomodan el pelo suelto que se mete en la boca  y se llenan de saliva y los cachetes están rojos. Rojo es supensamiento que trae los ojos de aquello que desea. Roja su pollera, sus manos, su boca y el balde. Mojada, destiende la ropa que ya se secó. 


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