sábado, 13 de enero de 2018

Yanomora




Mora en una casa viva, es sua namorada. Los colores se le paran enfrente y le dicen: ¡ey! acá estamos.
Se va moviendo la casa, baila el salpicar de los pájaros y el reguetón del barrio, baila la música del que vende huevos y el pregón del verdulero.

La casa  está incompleta, siempre en obstinada construcción. Las primeras paredes son capas frías. Las que vinieron después, calientes.

En el piso está la boca vieja que quiere empezar hablar, va perdiendo los dientes, no se le entiende lo que dice.
Se come las cucarachas, se come los piojos. Hasta los granos de arroz se come.

La casa tiene ventanas a la altura de los ojos, en ese horizonte y ventanas que miran el cielo. Fueron puestas a puro abrir agujeros en la pared.
Algunas están cerradas por siempre y algotras nunca lo hacen del todo. Una hendija permite entrar los olores, salir al gato, entrar el chijete, salir pelusas y  suspiros mezclados con oraciones.
Las puertas fueron cambiando de lugar y tampoco traban, solo aparentan cerrar.

Donde hubo cemento ahora hay barro y cal, sobre el barro palos y escombros y sobre el escombro, pasto. Una parte del techo está lleno de tierra, yuyos e insectos, el otro está cubierto por una lona negra que quiere que no entre el agua por las tejas. Cuando llueve chorrea por los pilotes llenando ollas y tupers, repartidas por la casa como islas invertidas.

La casa viva guarda en sus capas de ladrillo, pintura y cal, palabras escritas como tatuajes ocultos que serán leídos en otra vida, criptogramas trashumantes descifrados con los ciclos.

 Viva y silenciosa, la casa, fue asistiendo a la muerte de sus dueños, en el comedor los velaba, a donde va la mesa. Perros flacos husmeaban el cajón y rascaban los bordes rotos de las baldosas rojas del piso. Había algunas flores pequeñas, algún tabaco encendido y vasos con vino olvidados por ahí. El ocaso esperaba en la puerta para llevarse los restos del día.

Y después, en un suceder que será de otro tiempo - y no de este de los funerales - en una de esas prodigiosas noches de noviembre, la casa refugió el nacer de un niño. El aire olía a mamones, floripondios y el pulposo verdor del monte respiraba aquel nuevo aliento virgen del recién llegado. Dicen que ese día, desde las estrellas, cayeron enlazadas dulces bendiciones de leche.

En la casa que mora hay un jardín. Hay varios jardines, los que se ven y los que no. De los que  se ven, están los silvestres, con sus plantas sobrevivientes, áridas, que no precisan agua, ni palabras casi precisan, de un color apenas variable entre el verde oscuro al marrón claro. Y los que se entretejen por debajo, queriendo rebrotar, chupando hasta la última gota del mineral de la tierra. Hormigas y coleópteros rempujando el yuyaral; babosas que van dejando su camino plateado, cartografías de las estrellas. Los otros, son los jardines que se imagina ideales, de suculentas flores y helechos regados, entramados complejos de texturas, cultivados rocíos y savia fresca.
Frutales, gallinero y huerta, habitan en un pasado presente entrelíneas.

                                      ***

Un día de este principio, o de aquel final –quién sabe- a la casa viva se le dio por comerse sus cosechas, sin volver a sembrar. A sus gallinas las cazaron las comadrejas y los perros quedaron hambreados. El gallo murió hediendo de bichos que le hervían en la piel del ala descarnada.
Los cimientos se movieron, como hueso fracturado y la estructura se partió al medio

La casa engulló casi que toditos sus sueños, sin respirar.
No quisieron cohabitarla más, ni copularla, tampoco se acercaron a libarla o  tan siquiera demolerla.
Se quedó vacía la casa. Autofagocitada

Yanomora ninamora, yanomora ninamora, yanomora ninamora.

La tierra la fue cubriendo suavemente. Digamos, absorbiendo.
Hoy día, sí pasas por ahí, ves una pequeña lomada, con algunos árboles, plantas ásperas y piedras al sol.
Capaz alguna mariposa blanca que revolotea. Y después se va.

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