sábado, 2 de diciembre de 2017

Babosa

Hay una babosa en mi habitación,
hace días,
creo que hace años.
Va dejando sus constelaciones brillantes en el piso y en las cosas;
no sé adónde llega o qué es lo que marca,
a pesar de su lentitud
nunca llego a verla,
la descubro en sus rastros,
caminos prolongados a lo largo del suelo, la ropa y los objetos de la repisa.

Afuera,
al otro lado que no es acá donde hay babosas y algún que otro grillo,
hay perros,
jaurías,
motores,
y el arrastrar del viento
que vuelve a entrar
a este lado donde un motor, el de las teclas, me habla.

Y más acá,
más adentro todavía,
está este otro motor fatigable y condicional
llamando
          sístole
callando
          diástole.

Lo atravieso para ir, entro,                                                                               
encuentro una piedra, del ocre al violeta,
polen,
que tiene la consistencia del sol
o de la tierra blanda y dura a la vez,
la del barro del camino después que llovió y se absorbió.
La piedra se disuelve en algunas oportunidades que me dan
de comer
y otras se cristaliza y se pone áspera, insoportable,
larga un ácido que tritura la piel por dentro.




No hay comentarios:

Publicar un comentario